La TÃa Tula
La TÃa Tula —¡Pobre hombre! —murmuró ella poniéndole la mano sobre la suya—. Me das pena.
—Ahora, ¿eh?, ¿ahora?
—SÃ; me das lástima… Estoy ya dispuesta a todo…
—¡Gertrudis! ¡Tula!
—Pero has dicho que no la puedes echar…
—Es verdad; no la puedo echar —y volvió a abatirse.
—¿Qué, pues?, ¿que no va sola?
—No, no irá sola.
—Los ocho meses del plazo, ¿eh?
—Estoy perdido, Tula, estoy perdido.
—No, la que está perdida es ella, la huérfana, la hospiciana; la sin amparo.
—Es verdad, es verdad…
—Pero no te aflijas asÃ, Ramiro, que la cosa tiene fácil remedio.
—¿Remedio? ¿Y fácil? —y se atrevió a mirarle a la cara.
—SÃ; casarte con ella.
Un rayo que le hubiese herido no le habrÃa dejado más deshecho que esas palabras sencillas.
—¡Que me case! ¡Que me case con la criada! ¿Que me case con una hospiciana? ¡Y me lo dices tú!…
—¡Y quién si no habÃa de decÃrtelo! Yo, la verdadera madre hoy de tus hijos.