La TÃa Tula
La TÃa Tula A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido.
—¿Más serio?
—Más serio, sÃ. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata de esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que estás abusando.
—Y si asà fuese, ¿quién tiene la culpa de eso?
—¿Y aún lo preguntas? ¿Aún querrás también culparme de ello?
—¡Claro que sÃ!
—Pues bien, Ramiro; se ha acabado ya aquello del año; no hay plazo ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora sà que me voy, y, diga lo que dijere la ley, me llevaré a los niños conmigo, es decir, se irán conmigo.
—Pero ¿estás loca, Gertrudis?
—Quien está loco eres tú.
—Pero qué querÃas…
—Nada, o yo o ella. O me voy, o echas a esa criadita de casa.
Siguióse un congojoso silencio.
—No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. ¿Adónde se va? ¿Al hospicio otra vez?
—A servir a otra casa.
—No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar —y el hombre rompió a llorar.