La Tía Tula

La Tía Tula

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«Este hombre me dedica un cortejo platónico» , se dijo Gertrudis.

Cuando en la casa temían por la pobre Manuela y todos los cuidados eran para ella, cayó de pronto en cama Ramiro, declarándosele desde luego una pulmonía. La pobre hospiciana quedóse como atontada.

—Déjame a mí, Manuela —le dijo Gerturdis—; tú cuidate y cuida a lo que llevas contigo. No te empeñes en atender a tu marido, que eso puede agravarte.

—Pero yo debo…

—Tú debes cuidar de lo tuyo.

—Y mi marido, ¿no es mío?

—No, ahora no; ahora es tuyo tu hijo que está por venir.

La enfermedad de Ramiro se agravaba.

—Temo complicaciones al corazón —sentenció don Juan—. Le tiene débil; claro, ¡los pesares y disgustos!

—Pero ¿se morirá, don Juan? —preguntó henchida de angustia Gertrudis.

—Todo pudiera ser…

—Sálvele, don Juan, sálvele, como sea…

—Qué más quisiera yo…

—¡Ah, qué desgracia! ¡Qué desgracia! —y por primera vez se le vio a aquella mujer tener que sentarse y sufrir un desvanecimiento.


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