La TÃa Tula
La TÃa Tula —Bueno, pues la Naturaleza, la Virgen, la Gracia o lo que sea, hace que en estos casos la madre se defienda y resista hasta que dé a luz al nuevo ser. Ese inocente pequeñuelo le sirve a la pobre madre futura como escudo contra la muerte.
—¿Y luego?
—¿Luego? Que probablemente tendrá usted que criar sola, sirviéndose de un ama de crÃa, por supuesto, un crÃo más. Tiene ya cuatro; cargará con cinco.
—Con todos los que Dios me mande.
—Y que probablemente, no digo que seguramente, a no tardar mucho, don Ramiro volverá a quedar libre —y miró fijamente con sus ojillos grises a Gertrudis.
—Y dispuesto a casarse por tercera vez —agregó esta haciéndose la desentendida.
—¡Eso serÃa ya heroico!
—Y usted, puesto que permanece viudo, y viudo sin hijos, es que no tiene madera de héroe.
—¡Ah, doña Gertrudis, si yo pudiese hablar!
—¡Pues cállese usted!
—Me callo.
Le tomó la mano, reteniéndosela un rato, y dándole con la otra suya unos golpecitos añadió con un suspiro:
—Cada hombre es un mundo, Gertrudis.
—Y cada mujer, una luna, ¿no es eso, don Juan?
—Cada mujer puede ser un cielo.