Niebla
Niebla «Pues señor —iba diciéndose Augusto al separarse de la portera—, ve aquà cómo he quedado comprometido con esta buena mujer. Porque ahora no puedo dignamente dejarlo asÃ. Qué dirá si no de mà este dechado de porteras. ¿Conque… Eugenia Dominga, digo Domingo, del Arco? Muy bien, voy a apuntarlo, no sea que se me olvide. No hay más arte mnemotécnica que llevar un libro de memorias en el bolsillo. Ya lo decÃa mi inolvidable don Leoncio: ¡no metáis en la cabeza lo que os quepa en el bolsillo! A lo que habrÃa que añadir por complemento: ¡no metáis en el bolsillo lo que os quepa en la cabeza! Y la portera, ¿cómo se llama la portera?».
Volvió unos pasos atrás.
—DÃgame una cosa más, buena mujer…
—Usted mande…
—Y usted, ¿cómo se llama?
—¿Yo? Margarita.
—¡Muy bien, muy bien… gracias!
—No hay de qué.
Y volvió a marcharse Augusto, encontrándose al poco rato en el paseo de la Alameda.