Niebla
Niebla —En efecto. Y todo iba muy bien y nosotros contentÃsimos. Ni me turban el sueño llantos de niño, ni tenÃa que preocuparme de si será varón o hembra y qué he de hacer de él o de ella… Y, además, he tenido siempre mi mujer a mi disposición, cómodamente, sin estorbos de embarazos ni de lactancias; en fin, ¡un encanto de vida!
—¿Sabes que eso en poco o nada se diferencia…?
—¿De qué? ¿De un arrimo ilegal? Asà lo creo. Un matrimonio sin hijos puede llegar a convertirse en una especie de concubinato legal, muy bien ordenado, muy higiénico, relativamente casto, pero, en fin, ¡lo dicho! Marido y mujer solterones, pero solterones arrimados, en efecto. Y asà han transcurrido estos más de once años, van para doce… Pero ahora… ¿sabes lo que me pasa?
—Hombre, ¿cómo lo he de saber?
—Pero ¿no sabes lo que me pasa?
—Como no sea que has dejado encinta a tu mujer…
—Eso, hombre, eso. ¡Figúrate qué desgracia!
—¿Desgracia? ¿Pues no lo deseasteis tanto…?