Niebla
Niebla —SÃ, al principio, los dos o tres primeros años, poco más. Pero ahora, ahora… Ha vuelto el demonio a casa, han vuelto las disensiones. Y ahora como antaño cada uno de nosotros culpaba al otro de la esterilidad del lazo, ahora cada uno culpa al otro de esto que se nos viene. Y ya empezamos a llamarle… no, no te lo digo…
—Pues no me lo digas si no quieres.
—Empezamos a llamarle ¡el intruso! Y yo he soñado que se nos morÃa una mañana con un hueso atravesado en la garganta…
—¡Qué barbaridad!
—SÃ, tienes razón, una barbaridad. Y ¡adiós regularidad, adiós comodidad, adiós costumbres! TodavÃa ayer estaba Elena de vómitos; parece que es una de las molestias anejas al estado que llaman… ¡Interesante! ¡Interesante! ¡Interesante! ¡Vaya un interés! ¡De vómito! ¿Has visto nada más indecoroso, nada más sucio?
—Pero ¿ella estará gozosÃsima al sentirse madre?