Niebla
Niebla —Es, pues, como venÃa diciéndote, un… predestinado. Y acaso lo mejor sea no sólo que aceptes eso de tu casa, sino que…
—Vamos, ¿qué?
—Que le aceptes a él por marido.
—¿Eh? —y se puso ella en pie.
—Le aceptas, y como es un pobre hombre, pues… todo se arregla…
—¿Cómo que se arregla todo?
—SÃ, él paga, y nosotros…
—Nosotros… ¿qué?
—Pues nosotros…
—¡Basta!
Y se salió Eugenia, con los ojos hechos un incendio y diciéndose: «Pero ¡qué brutos, qué brutos! Jamás lo hubiera creÃdo… ¡Qué brutos!». Y al llegar a su casa se encerró en su cuarto y rompió a llorar. Y tuvo que acostarse presa de una fiebre.
Mauricio se quedó un breve rato como suspenso; mas pronto se repuso, encendió un cigarrillo, salió a la calle y le echó un piropo a la primera moza de garbo que pasó a su lado. Y aquella noche hablaba, con un amigo, de don Juan Tenorio.
—A mà ese tÃo no acaba de convencerme —decÃa Mauricio—; eso no es más que teatro.
—¡Y que lo digas tú, Mauricio, que pasas por un Tenorio, por un seductor!