Niebla
Niebla —¿Seductor?, ¿seductor yo? ¡Qué cosas se inventan, Rogelio!
—¿Y lo de la pianista?
—¡Bah! ¿Quieres que te diga la verdad, Rogelio?
—¡Venga!
—Pues bien; de cada cien lÃos, más o menos honrados, y ese a que aludÃas es honradÃsimo, ¡eh!, de cada cien lÃos entre hombre y mujer, en más de noventa la seductora es ella y el seducido es él.
—Pues qué, ¿me negarás que has conquistado a la pianista, a la Eugenia?
—SÃ, te lo niego; no soy yo quien la ha conquistado, sino ella quien me ha conquistado a mÃ.
—¡Seductor!
—Como quieras… Es ella, ella. No supe resistirme.
—Para el caso es igual…
—Pero me parece que eso se va a acabar y voy a encontrarme otra vez libre. Libre de ella, claro, porque no respondo de que me conquiste otra. ¡Soy tan débil! Si yo hubiera nacido mujer…
—Bueno, ¿y cómo se va a acabar?