Niebla
Niebla —Le ruego que no vuelva a mentar a la que va a ser mi mujer, y mucho menos que insinúe siquiera el que haya faltado lo más mÃnimo a la verdad. Consuélese como pueda y déjenos en paz.
—Es verdad. Y vuelvo a darles a ustedes dos las gracias por el favor que me han hecho proporcionándome ese empleÃto. Iré a servirlo y me consolaré como pueda. Por cierto que pienso llevarme conmigo a una muchachita…
—Y ¿a mà qué me importa eso, caballero?
—Es que me parece que usted debe de conocerla…
—¿Cómo?, ¿cómo?, ¿quiere usted burlarse…?
—No… no… Es una tal Rosario, que está en un taller de planchado y que me parece le solÃa llevar a usted la plancha…
Augusto palideció. «¿Sabrá este todo?», se dijo, y esto le azaró aún más que su anterior sospecha de que aquel hombre supiese de Eugenia lo que él no sabÃa. Pero repúsose al pronto y exclamó:
—Y ¿a qué me viene usted ahora con eso?
—Me parece —prosiguió Mauricio, como si no hubiese oÃdo nada— que a los despreciados se nos debe dejar el que nos consolemos los unos con los otros.
—Pero ¿qué quiere usted decir, hombre, qué quiere usted decir? —y pensó Augusto si allÃ, en aquel que fue escenario de su última aventura con Rosario, estrangularÃa o no a aquel hombre.