Niebla
Niebla —Y ¿qué hacemos ahora? —dijo doña Ermelinda.
—¡Qué hemos de hacer, señora —contestó Augusto—, sino aguantarnos!
—¡Esto es una indignidad —exclamó don FermÃn—; estas cosas no debÃan quedar sin un ejemplar castigo!
—Y ¿es usted, don FermÃn, usted, el anarquista…?
—Y ¿qué tiene que ver? Estas cosas no se hacen asÃ. ¡No se engaña asà a un hombre!
—¡Al otro no le ha engañado! —dijo frÃamente Augusto, y después de haberlo dicho se aterró de la frialdad con que lo dijera.
—Pero le engañará… le engañará… ¡no lo dude usted!
Augusto sintió un placer diabólico al pensar que Eugenia engañarÃa al cabo a Mauricio. «Pero no ya conmigo», se dijo muy bajito, de modo que apenas si se oyese a sà mismo.
—Bueno, señores, lamento lo sucedido, y más que nada por su sobrina, pero debo retirarme.
—Usted comprenderá, don Augusto, que nosotros… —empezó doña Ermelinda.
—¡Claro!, ¡claro! Pero…
Aquello no podÃa prolongarse. Augusto, después de breves palabras más, se salió.