Niebla
Niebla Iba aterrado de sà mismo y de lo que le pasaba, o mejor aún, de lo que no le pasaba. Aquella frialdad, al menos aparente, con que recibió el golpe de la burla suprema, aquella calma le hacÃa que hasta dudase de su propia existencia. «Si yo fuese un hombre como los demás —se decÃa—, con corazón; si fuese siquiera un hombre, si existiese de verdad, ¿cómo podÃa haber recibido esto con la relativa tranquilidad con que lo recibo?». Y empezó, sin darse de ello cuenta, a palparse, y hasta se pellizcó para ver si lo sentÃa.