Niebla
Niebla De pronto sintió que alguien le tiraba de una pierna. Era Orfeo, que le habÃa salido al encuentro, para consolarlo. Al ver a Orfeo sintió, ¡cosa extraña!, una gran alegrÃa, lo tomó en brazos y le dijo: «¡Alégrate, Orfeo mÃo, alégrate!, ¡alegrémonos los dos! ¡Ya no te echan de casa; ya no te separan de mÃ; ya no nos separarán al uno del otro! Viviremos juntos en la vida y en la muerte. No hay mal que por bien no venga, por grande que el mal sea y por pequeño que sea el bien, o al revés. ¡Tú, tú eres fiel, Orfeo mÃo, tú eres fiel! Yo ya supongo que algunas veces buscarás tu perra, pero no por eso huyes de casa, no por eso me abandonas; tú eres fiel, tú. Y mira, para que no tengas nunca que marcharte, traeré una perra a casa, sÃ, te la traeré. Porque ahora, ¿es que has salido a mi encuentro para consolar la pena que debÃa tener, o es que me encuentras al volver de una visita a tu perra? De todos modos, tú eres fiel, tú, y ya nadie te echará de mi casa, nadie nos separará».
Entró en su casa, y no bien se volvió a ver en ella, solo, se le desencadenó en el alma la tempestad que parecÃa calma. Le invadió un sentimiento en que se daban confundidos tristeza, amarga tristeza, celos, rabia, miedo, odio, amor, compasión, desprecio, y sobre todo vergüenza, una enorme vergüenza, y la terrible conciencia del ridÃculo en que quedaba.
—¡Me ha matado! —le dijo a Liduvina.