Niebla
Niebla —A ver, ¿por qué me equivoco?, ¿en qué me equivoco? Muéstreme usted en qué está mi equivocación. Como la ciencia más difÃcil que hay es la de conocerse uno a sà mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el suicidio la solución más lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo usted. Porque si es difÃcil, amigo don Miguel, ese conocimiento propio de sà mismo, hay otro conocimiento que me parece no menos difÃcil que él…
—¿Cuál es? —le pregunté.
Me miró con una enigmática y socarrona sonrisa y lentamente me dijo:
—Pues más difÃcil aún que el que uno se conozca a sà mismo es el que un novelista o un autor dramático conozca bien a los personajes que finge o cree fingir…
Empezaba yo a estar inquieto con estas salidas de Augusto, y a perder mi paciencia.
—E insisto —añadió— en que aun concedido que usted me haya dado el ser y un ser ficticio, no puede usted, asà como asà y porque sÃ, porque le dé la real gana, como dice, impedirme que me suicide.