Niebla
Niebla —Pero ¿es que no me ha visto otras veces?
—SÃ, pero hasta ahora no me habÃa dado cuenta de que fueses tan guapa como eres…
—Vamos, vamos, señorito, no se burle… —y le ardÃa la cara.
—Y ahora, con esos colores, talmente el sol…
—Vamos…
—Ven acá, ven. Tú dirás que el señorito Augusto se ha vuelto loco, ¿no es asÃ? Pues no, no es eso, ¡no! Es que lo ha estado hasta ahora, o mejor dicho, es que he estado hasta ahora tonto, tonto del todo, perdido en una niebla, ciego… No hace sino muy poco tiempo que se me han abierto los ojos. Ya ves, tantas veces como has entrado en esta casa y te he mirado y no te habÃa visto. Es, Rosario, como si no hubiese vivido, lo mismo que si no hubiese vivido… Estaba tonto, tonto… Pero ¿qué te pasa, chiquilla, qué es lo que te pasa?
Rosario, que se habÃa tenido que sentar en una silla, ocultó la cara en las manos y rompió a llorar. Augusto se levantó, cerró la puerta, volvió a la mocita, y poniéndole una mano sobre el hombro le dijo con su voz más húmeda y más caliente, muy bajo:
—Pero ¿qué te pasa, chiquilla, qué es eso?
—Que con esas cosas me hace usted llorar, don Augusto…
—¡Ãngel de Dios!
—No diga usted esas cosas, don Augusto.