Niebla
Niebla —No merece usted nada —y Eugenia se levantó—; me voy, pero ¡cónstele que no acepto su limosna o su oferta! Trabajaré más que nunca; haré que trabaje mi novio, pronto mi marido, y viviremos. Y en cuanto a eso, quédese usted con mi casa.
—Pero ¡si yo no me opongo, Eugenia, a que usted se case con ese novio que dice!
—¿Cómo?, ¿cómo? ¿A ver?
—¡Si yo no he hecho esto para que usted, ligada por gratitud, acceda a tomarme por marido!… ¡Si yo renuncio a mi propia felicidad, mejor dicho, si mi felicidad consiste en que usted sea feliz y nada más, en que sea usted feliz con el marido que libremente escoja!…
—¡Ah, ya, ya caigo; usted se reserva el papel de heroica vÃctima, de mártir! Quédese usted con la casa, le digo. Se la regalo.
—Pero, Eugenia, Eugenia…
—¡Basta!
Y sin más mirarle, aquellos dos ojos de fuego desaparecieron.