Paz en la guerra

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Cuando llegó, perplejo como quien va a cometer una mala acción, a casa de Celestino, éste, que estaba leyendo, levantóse, y le saludó con el ¡hola! de quien está en espera de otro, mientras parecía preguntarle con la mirada: ¿a qué vienes y con qué derecho?, ¿por qué no te vas con los tuyos?

Empezó el abogado a hablar del Casino, excusando a sus detractores, tratándolos de fanáticos, y dándose aire de víctima.

—Ya verás si consiguen traer a don Carlos si los castellanos no nos ponemos a ello... —y sin transición añadió—: Estaba leyendo uno de los folletos, de Aparisi..., míralo aquí...

—¿Tienes muchos?

—Casi todos los que van publicándose.

—¿Quieres prestarme algunos? —y se le ensanchó a Ignacio el pecho, al no necesitar excusa para la visita.

—¡Bueno...! —dijo el otro después de una pausa y como si se callara esto: y tú ¿para qué los quieres?, ¿qué sacas de ellos?

Dolíale siempre que le llevaran libros, creyendo que con ellos le robaban su ciencia, y dolíale sobre todo que leyeran en ellos las frases que tanto repelía.

Llevóse Ignacio a casa unos cuantos folletos, y por las noches, acostado, leíalos hasta que, consumida la bujía, le ganaba el sueño.


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