Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Dormíase Ignacio soñando con Pelayo y su cruz en las cimas de Idubeda, con el Cid, Fernando el Santo, Alfonso de las Navas, que muy luego se le confundían con Roldán, Valdovinos, Ojiero y los de la laya ésta. Al grito mágico de ¡Dios y Patria! el rey regeneraría a España; brotarían hospitales, hospicios, conventos, escritores, artistas. Folletistas había que querían retrogradar más allá de Felipe II, develador de los fueros de Aragón, y más allá aún de Carlos I, verdugo de las Comunidades de Castilla. Aseguraban que en España no había quedado después de la Gorda más que un trono y un pueblo, y que éste sentaría en aquél a don Carlos. Desaparecerían los consumos, reduciríanse a la tercera parte los empleados públicos, habría fueros y no quintas, y don Carlos suprimiría, finalmente, la pena de muerte, por la supresión del crimen. Sería de ver la corte en 1880, llena de palacios de príncipes extranjeros, y no siendo ya el Manzanares el arroyuelo sucio y ridículo de in illo tempore. Viviría el pueblo loco de contento al ver que se daba a todos justicia, que el Rey llamaba a los pobres a su mesa, repartía premios a los chicuelos del Instituto, y presidía la apertura de pozos artesianos; adoraríale, en fin, viéndole un rey hermano de su súbdito.




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