Paz en la guerra

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Por las calles de Guernica, donde estaban en julio retenidas las juntas Generales del Señorío, se daban vivas a don Carlos y sonaban viejos cantos carlistas. Exacerbábase la lucha entre el Señorío y Bilbao, cuyo apoderado fue recibido en triunfo, al retirarse en son de protesta a su pueblo. ¡Bilbao con los mismos votos que la última anteiglesia, mientras contribuía con el cuarenta por ciento a las cargas!, ¡un escándalo! Como una provocación de la villa mercantil despechada consideraron los carlistas la encarcelación de los diputados forales.

Toda España ardía, como Vizcaya, en fiebres premonitorias. Hubo levantamientos veraniegos.

Vino el colmo, según el tío Pascual, el colmo después de la ley de concubinato, la imposición como rey del hijo de Víctor Manuel, el excomulgado, el carcelero del Papa. Con el año 71 entró el dos de enero en Madrid el nuevo rey, Amadeo, una mañana fría, sobre la nieve, yendo ante todo a ver el cadáver aún reciente de Prim, asesinarlo por su causa.

Don Juan Arana, hecho amadeísta, tronaba contra el Común de París, desatado en Francia, y contra el Pretendiente don Carlos que recorría la frontera Francesa fraternizando con republicanos. Y cuando el buen señor sorprendió a su hijo unas litografías en que se representaba al nuevo rey con jeringa y frascos Ricord, exclamó indignado:


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