Paz en la guerra
Paz en la guerra El predicador en tanto, que se había reconcentrado al empezar su sermón para no pensar sino en que asistía a un acto religioso, sin determinación de culto, creencia ni iglesia, se retiraba felicitado, pensando en cuando allá en Suiza había oído a una misma campana juntar en nombre de Dios a católicos y protestantes bajo las bóvedas de un mismo templo.
Al siguiente día, estando aún bajo la impresión del sermón aquel al aire libre, vio Pedro Antonio que entraba sigilosamente en su tienda don José María, a quien creían huido. Llamóle el conspirador aparte, excitándole a que tomase papel de la suscrición voluntaria reintegrable, emitida aquel año. Pedro Antonio se resistió: ¿no lo había dado ya?
—Pero éste es al veinticinco por ciento de interés anual, reintegrable en los dos primeros años de ocupar el señor Duque el trono de España.
Por más que repitió lo del veinticinco por ciento, no pudo persuadirle, pero a los pocos días sacaba Pedro Antonio parte de sus ahorros para volver a tomar papel carlista.