Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Don Emeterio, hermano de Pedro Antonio y cura párroco, esperaba a su sobrino para conducirle a su casa, donde la tía Ramona salió a la puerta llevando dos pares de alpargatas, y sin quitar ojo del calzado de Ignacio, húmedo por lo lluvioso del tiempo. Tuvo, como su tío el cura, que mudarse de calzado para no embarrar el encerado de la tarima y apenas, una vez purificado, traspuso el umbral, sacóle su tía Ramona los colores a la cara plantándole sendos besos de ruido en las mejillas, a él, todo un hombre ya. La casa, llena de muebles cuyo único uso era ser limpiados de continuo, parecía una tacita de plata que se frotase a diario con gamuza, en la sala bolas de espejo, unos caracoles enormes y un mueblecillo de ebanistería chinesca, traído de Filipinas por el difunto y breve marido de la tía Ramona, un piloto. En las paredes un cuadro representaba «La joven Adela», vapor en que navegara el piloto, otros de santos y vírgenes, y un bastidor bordado en cañamazo con colores ajados ya. De todo lo cual se exhalaba un vaho tibio de orden mezquino y de regularidad chinesca. La tía Ramona, viuda solterona como en sus ratos de buen humor le llamaba su hermano el cura, saciaba en aquella casa sus instintos de limpieza, y aunque sin tener que atender más que a su hermano, y con ayuda de criada, apenas encontraba rato libre los domingos para ir a oír misa. Como el cuidado y gobierno de la casa no le daba lugar para los suyos propios, andaba hecha un pingo.


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