Paz en la guerra

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El cura le dejaba hacer, y por su parte cuidaba de la huertecilla, echaba su siesta, leía de cabo a rabo La Esperanza, y a media tarde se iba con su coadjutor a la linde de su jurisdicción con una vecina, donde en una casita se reunían con los curas de ésta, discutían sus periódicos y se volvían al anochecer ya, a sus respectivos pueblos. En las noches de invierno solía reunirse con el médico, el maestro y un indiano, a echar su partidita de mus, tute o tresillo, comentaban largo rato la última jugada, y se volvía a su casa, para recomenzar al día siguiente la misma vida. Su mayor distracción eran las comilonas, que entre los curas de varios pueblecillos de los contornos solían armar de vez en cuando, comilonas que terminaban de ordinario en largas partidas de banca, a que alguno llevaba sus ahorrillos todos.

La filosofía de don Emeterio era la del Eclesiastés, salomónica, y lo más de la vida se pasaba en dormir y comer, casi únicas distracciones de su existencia.

La primera visita de Ignacio fue para la familia del novio, Toribio, cuyos padres le obligaron a tomar un bocado, único agasajo que comprendían y que se hallaba a su alcance.

Acostóse rendido y al despertar por la mañana díjole su tía que la bendición nupcial se había verificado ya, en el pueblo de la novia, y que la comitiva llegaría pronto.


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