Paz en la guerra

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Habíase arreglado la boda por los padres y casamenteros con todo el argumento que requiere el caso. El novio llevaba una casería valuada en 6.000 ducados, dote que por ella tuvo que entregar el padre de la novia a su consuegro, que tenía ya con ello a su vez con qué dotar a una hija. Obligábase, de añadido, a pagar a sus padres, cuando murieran, entierro de segunda. Y así resultaba compradora la novia de heredad y de quien se la trabajara. ¡Cuántas deliberaciones para este arreglo y qué de veces estuvo a punto de romperse antes de que los novios se vieran para aceptarse!

Al rayar el sol oyeron Ignacio y los que con él esperaban en casa del novio los chirridos de los carros del ajuar, cuyas ruedas enresinadas cantaban por la carretera, los jijeos y relinchidos de la comitiva que alegraban la verdura del campo, y algún que otro tiro de salva, a que contestaron. Distinguieron por fin a través de los árboles, bañado en los primeros rayos del sol, el movible promontorio blanco del carro del ajuar, colmado que era una bendición, sobre él la cama, y coronada ésta por la rueca, símbolo del trabajo doméstico y señera de la edad social de santa igualdad familiar. Seguían otros carros con sendos muebles, para hacer más bulto, y en derredor mujeres con cestas de regalos. Delante un amigo del novio disparaba al aire tiros de sola pólvora.


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