Paz en la guerra

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Vino luego la comida, reposada y larga, en la que hizo el principal gasto un seminarista, hermano de la novia. Reían todos las gracias del estudiante y desesperábase, por no entender bien el vascuence corrido, Ignacio, que, con el vaso siempre lleno delante, contemplaba la frente serena y los ojos bovinos de una rubia que estaba frontera a él, rubia con la que el estudiante, encandilados los ojos, bromeaba, haciéndola reírse a carcajadas.

Cuando se levantó Ignacio de la mesa y se asomó a la vieja balconada de madera, las nubes le oprimían el espíritu, y sintiendo la sangre, veía todo turbio, mientras se le despertaba el ánimo con que cayó por vez primera en el pecado de la carne. El vaho del campo les excitaba. Empezado el baile, bailó con frenesí, para sudar el deseo, con la aldeanilla de la frente serena y los bovinos ojos, viéndola saltar ante él, sobre el fiando verde del campo. El seminarista danzaba también, como una peonza, dando chillidos.






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