Paz en la guerra
Paz en la guerra Habíaseles apenas reposado la comida, cuando les hicieron merendar. Ignacio sentía bascas y mareo. Ya de noche fuese con el estudiante a acompañar a unas muchachas a sus caserías, sin saber lo que le pasaba, pues el vino, la comida copiosa, la agitación del baile, le entorpecían. El estudiante, chispo del todo, bromeaba con la moza rubia, hacíala que se riese con toda el alma, dábale teutones, rejijeaba y chillaba, mientras en la cabeza, como estopada, de Ignacio resonaba de extraño modo el eco de aquellas carcajadas frescas que parecían salir del campo mismo. Sentía impulsos de agarrar a la moza a que acompañaba, restregarla, rodar con ella por el suelo, confundirse en uno, y se limitaba a acariciarle la cara haciéndole reír con su poco vascuence chapurrado. Encontrábase cohibido, atado, se acordaba sin saber por qué de Pachico y como si allí presente, le mirase burlonamente.
Despertóle a Ignacio al día siguiente, molido y apoltronado en su carnota, después de pesadillas de lujuria, la voz del tío cura que le gritaba: «¿qué tal?, ¿se ha pasado la mona?» Pasó el día desmadejado, casi triste, con los convidados que aún quedaban. El estudiante había recobrado su timidez habitual, pareciendo avergonzarse de la presencia de Ignacio.