Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Una gran pieza a ras del suelo estaba dividida en cocina y cuadra, separadas por un tabique mampara, en que por unas aberturas pasaban las vacas sus cabezas para tomar el pienso, comiendo así el ganado y sus amos en familia. No había chimenea, y así el humo fortificaba las vigas y mantenía seco el camarote, según Domingo. El humo buscaba salida por las ventanas o el tejado, pareciendo, cuando humeaba éste, el vaho del sudor de la casería o la humareda de la ofrenda de un altar. Mientras Domingo comía su borona en leche o sus patatas, podía rascar el testuz a las vacas, que comían junto a él, sentir los resoplidos de su aliento, verles llevar de un lado a otro del morro el maíz fresco; y ellas, cuando bendecía él la mesa, mirábanle con sus dulces ojazos húmedos, impregnados de resignación, como si quisieran tomar parte en la plegaria. Y cuando mugían, resonaba su voz pastosa en la ahumada cocina. En invierno calentaban el hogar con su calor, y a la vez con la fermentación de su estiércol, mientras dormía la familia, con las aberturas todas herméticamente cerradas, respirando aire gastado y espeso.

Por la noche cogía Ignacio la cama con un gusto que hacía tiempo no experimentara, y muy pronto, al calor del lecho, asediábanle imágenes lúbricas, de que trataba de defenderse. Poníase a rezar, y alguna vez se levantó para refrescar el cuerpo. Fue como una vuelta a los tiempos en que luchaba más con el pecado.


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