Paz en la guerra
Paz en la guerra Echábase ella a reír con todo el pecho y toda el alma, mientras Ignacio se la comía con los ojos. Un día que la halló con un montón de heno, fue tal efecto del olor de éste, que le subió una oleada de sangre a la garganta, y sintió con palpitaciones, impulsos de violencia, mientras ella le miraba sonriendo. Era su hermosura reflejo de salud, hija de los aires, las aguas y los soles; su alegría calmosa como la del campo. Había en su cara la frescura de la tierra, asentábase en el suelo como un roble, aunque ágil además como una cabra; tenía la elegancia del fresno, la solidez de la encina y la plenitud del castaño. Y sobre todo los ojos, ¡aquellos ojazos de vaca, en que se reflejaba la calma de la montaña! Era como un producto de la aldea, condensación del aliento de las montañas; estaba amasada con leche de robusta vaca y jugo de maíz soleado. En ella se resumió para Ignacio toda la labor que la vida de aldea ahondó en su alma; todas las sensaciones de aquellos días las llevó congregadas y condensadas en la imagen de la muchacha.
Momentos había, sin embargo, en que le ganaba la honda tristeza de la aldea, la melancolía que brotaba como sutil efluvio de aquel silencio, cuya voz parecía el rumor constante del regato; de aquella gama monótona de los verdes, desde el desteñido y amarillento de los trigos, hasta el negruzco sucio de las arboledas lejanas.