Paz en la guerra
Paz en la guerra Cuando a los pocos días se volvió a Bilbao, acordábase en el camino de Rafaela, mientras llevaba la visión de la aldeana; diose cuenta del parecido entre ambas, y apenas puso el pie en su calle oscura, llena del caleidoscópico espectáculo de los géneros de los comercios, a la vista pública, sintió el hondo cariño a su Bilbao, que de cerca le repelía, y le llamaba al alejarse. Las sombras de la calle parecían abrazarle; brotaban de ellas los desvanecidos recuerdos de su niñez. Desde su rincón oscuro volvió a ver a la aldeana tal como se le había aparecido una mañana en la revuelta de una vereda, con la saya recogida, calzada de mantarres y abarcas, con la hoz en la mano y medio oculta la cabeza bajo un hato de heno, que sólo dejaba ver una boca fresca que sonreía en un rostro tostado por el sol de los campos.
La visita a la aldea reconfortó a Ignacio, y cuando después de ella encontró a Pachico, no le parecieron ya tan absurdas las paradojas de éste.