Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Hablábase en el Casino de la próxima sublevación, asegurando que estaba preparado todo, sin que faltara más que la señal. Valía más la guerra franca que la paz disfrazada. Contábanse mil atropellos en carlistas, y preferían todos morir de un balazo a sufrir los plumazos de los cagatintas. Era asqueroso aquel hormigueo de rencorcillos desgalichados, y mucho más noble agarrarse de una vez, zurrarse de lo lindo la badana, romperse la crisma si venía a mano, y luego, acardenalados de los golpes y resoplando de fatiga, abrazarse vencedor y vencido y mezclar en el abrazo sudor con sudor y aliento con aliento. No era la guerra lo que venía, era el triunfó. Se levantarían todos en masa y los liberales tendrían que ceder; cederían los mercenarios de la revolución al empujón de los hijos de la fe. Iban a la guerra porque querían paz, verdadera paz, la que se asienta sobre la victoria.

No iba a ser una campaña, sino un mero paseo militar, perspectiva que contrariaba a Ignacio, así como lo de que dispusieran del ejército. Decíase también que se esperaba a Catelineau, el héroe de la Vendée.

Ignacio, excitado por la atmósfera moral belicosa, iba alguna vez a dar, al salir del Casino, en el cuchitril de antaño, y al entrar, ya muy tarde, en casa, la tos de su madre le decía: ¿cómo a estas horas?, ¿qué has hecho, hijo mío? Se acostaba con la cabeza en fuego, pensando en la palabra que dio de echarse al monte.


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