Paz en la guerra

Paz en la guerra

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A fines del 71 díjose que don Carlos, renunciando a la guerra, se echaba en manos de Nocedal; pero a pesar de ello continuaron los cuchicheos con militares vestidos de paisano, los misterios y medias palabras y el repetir ¡pronto será!, todo lo cual aseguraba don Eustaquio que habría de parar en cruces, títulos, mercedes, bandas de María Luisa, ascensos y gracias, que reconocería el gobierno al cabo.

—Con discursitos nada haremos —exclamaba el tío Pascual.

—¡Cabrera!, ¡Cabrera! —repetía Gambelu.

—¡Cuánto mejor someter la cuestión al arbitraje del Papa! —añadió don Eustaquio.

—¡Qué inocentada! —exclamó vivamente el cura, añadiendo—, ¡qué Papa ni qué chanfaina! El Papa en lo suyo, y nosotros en lo nuestro. Nuestros reyes, que eran piadosísimos, sabían en lo temporal tenerle a raya...

—¿Y la infalibilidad?

—¡No diga usted majaderías! La infalibilidad se refiere a materias de fe y costumbres, y cuando habla ex cathedra, nada tiene que ver con esto...

—Sí, hecha la ley hecha la trampa..., ¡vaya unos curas!

—¡Vaya unos ignorantes!

—¡Les mandan predicar paz y predican guerra!


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