Paz en la guerra
Paz en la guerra Llegaron las elecciones, tan escandalosas como se las habÃan los carlistas prometido. Volvieron en ellas los hombres a sus prÃstinos instintos, limitando la ley moral al partido, como a su tribu el salvaje; fue lÃcito matar al enemigo; tropeles compuestos de hombres incapaces de robar aislados, rolaron en cuadrilla actas; desbordáronse todos los semicriminales, y en todo apareció, más o menos, el fondo de criminalidad. El pueblo al ejercer su soberanÃa, rompió toda ley, mostrándose al desnudo, tirano y esclavo en una pieza.
Contóse en la tertulia cómo se habÃan echado sobre el gobierno todos los de oposición, radicales, moderados, federales, carlistas, dinásticos y antidinásticos. Aquellas cortes serÃan las de los lázaros, pues tantos y tantos, muertos en la elección, resucitaron en el escrutinio. Hubo mesa presidida por coroneles de la guarnición, y en otra los cañones ampararon el escrutinio.
—¡Ya está echada la suerte, alea jacta est! —dijo el cura levantándose— lo dijo don Carlos: «¡Carlistas!, ahora a las urnas; ¡después a donde Dios nos llame!»
—Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer —murmuró (Ion Eustaquio, revistiendo con este refrán, quintaesencia del espÃritu conservador y escéptico, el fondo de sus temores egoÃstas.