Paz en la guerra

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De semejante manera solían empezar las escaramuzas, sostenidas ya a cuenta de los asuntos carlistas, ya a propósito de las borrascas de las Cortes, ya del alzamiento que se preparaba. Gambelu intervenía sacando a relucir a Cabrera, en quien ponía toda salvación.

Ignacio no hacía sino pensar en la campaña. Nada de resignación ya; los tísicos del alma se resignan y dan en cavilar bajo el yugo, masturbándose la mollera, se hacen revolucionarios parlanchines, y cuando hartos ya de tanta cabronería, quieren alzar el gallo y resistir, encuéntranse sin saliva en la garganta, de haber tragado tanta, y sin meollo en la voluntad, capaces sólo de un ataque epiléptico. ¡La guerra, la guerra a todo trance!

El alzamiento iba a ser cosa de juego, de coser y cantar, mera amenaza. Bastaba ya de novenas, triduos y desagravios. Los liberales que tenían algo que perder se acoquinarían, acabando por ayudarles. Nada de sangre; dominarían a Bilbao sin un tiro, y los caballos de las huestes de don Carlos beberían las aguas del Ebro a los cuatro días de entrar en España, para tomar refrigerio y continuar triunfalmente hasta la corte.

El pretexto habían de ser las elecciones.

Los liberales habíanse armado por su parte. Don Juan se alistó en la milicia, temiendo más a los bulliciosos voluntarios de la libertad, que a los carlistas.


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