Paz en la guerra
Paz en la guerra Don Miguel Arana contemplaba en la plaza del mercado la marcha de los voluntarios, recreándose con el reflejo de la alegrÃa de los que marchaban, gozando en la contemplación de aquel descuidado impulso juvenil. ¿Quién pudiera irse con ellos y como ellos? —pensaba—, ¿quién fuera libre de danzar y brincar por las calles, y de hacer de la guerra una fiesta?, ¡suyo es el mundo!
Ignacio, luchando entre el respeto a sus padres y el anhelo de irse al monte, acompañó a Juan José a misa, y luego en un gran trecho de camino. SentÃa oscuramente que sin la voluntad de sus padres jamás llegarÃa a ser verdadero voluntario.
Siguiéronsele dÃas de ansiedades, en que ascendiendo solo a las alturas que rodean a la villa, registraba con la mirada los repliegues todos del terreno, atento a descubrir a los suyos, deseando su venida entonces que Bilbao estaba desguarnecido.
El siguiente domingo, don Juan Arana, que sostenÃa muy someras relaciones con Pedro Antonio, entró en la tienda de éste por la mañana, so pretexto de comprar una golosina.
—Ha visto usted esos batos —dijo al chocolatero de pronto—, nombran una diputación por las armas y llaman a la nuestra ilegÃtima.
—¡Vaya todo por Dios!
—No sé qué van buscando ustedes...