Paz en la guerra
Paz en la guerra —¿Nosotros?
—Bruno, sÃ, los amigos de usted. La culpa tiene quien deja libres a los curas, que abusan de tal modo del confesonario...
—¡No diga usted esas cosas, don Juan! —dijo Josefa Ignacia.
—SÃ, lo dicho —prosiguió, exaltándose al no verse contradicho—, lo menos cuarenta curas se han ido al monte..., ¿les parece a ustedes?
—No lo creo.
—¿Y por qué no lo has de creer, mujer?
—Y a todo esto el obispo ni una pastoral... DebÃan suprimir esa catedral, foco de conspiración...
«Debo de producirles extraño efecto; de seguro que se dicen: ¡qué rabioso!», pensaba don Juan; y a punto en que entraban Gambelu y don Eustaquio, prosiguió:
—Mientras no se triture a esos aldeanos no habrá cosa derecha... Hay que arrasar a esa gente, que pide más agua cuánto más llueve...
—¡Alto!, ¡pare usted los pies ahÃ! —exclamó Gambelu, a la vez que Pedro Antonio decÃa calmosamente:
—Vaya usted a arrasarlos.
—Ya llegará Serrano.
—¿A decir esas cosas ha venido usted, don Juan?