Paz en la guerra
Paz en la guerra Pedro Antonio se creía a ratos trasportado a sus años de exaltación de vida; enardecíale aquel entrar y salir de tropas, los ecos de las cornetas le batían los recuerdos. A la vista de la zamarra de Lagunero evocósele, también a él, la figura de Zurbano, del terrible Barca, y recordó a su mujer aquella octubrada, cuando recién casados ellos, el 41, en aquella paz de odios y de luchas entre moderados y progresistas, entró en Bilbao el día de Santa Ursula el tigre de la zamarra. ¡Qué día! Atrancó el chocolatero su tienda, y se puso a consolar a su mujer, contándole escenas de la guerra, mientras el pueblo corría a la Sendeja, dejando desiertas las calles. Y ¡qué días se siguieron!, los del implacable bando con pena de la vida hasta por usar boina y llevar bigote, días en que se iba con terror a ver los cuerpos fríos e inertes de los apresados de la víspera.
—Vete, vete, Ignacio, vete pronto, y a acabar con ellos....
El día 22 de abril colgó Josefa Ignacia a su hijo el escapulario al cuello, le colocó el «detente, bala» y le besó; oyó luego éste una homilía del tío Pascual, que, al acabarla, le dio un abrazo, y salió con su padre a buscar a Juan José, el cual, cuando llegaron, se despedía de su madre. Desde la puerta, ésta: