Paz en la guerra

Paz en la guerra

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¿Quién lo diría? Aquella masa de hombres, aquel tropel que se escondía a ratos entre verdura, aquel puñado de voluntarios, era la esperanza de Dios, del Rey y de la Patria. Eran los hombres del campo, los voluntarios de la Causa.

Hartábanse del panorama. Como filas de telones se desplegaban a su vista las cordilleras, cual inmensas oleadas petrificadas de un mar enorme, desvaneciéndose sus tintas hasta perderse en el fondo las del último término.

Tras sombría barrera de montes, y bajo el cielo oscuro, veíase alguna vez un vallecito verde, de mosaico soleado, rinconcillo paradisíaco, verde lago de reposada luz. Y todo el inmenso oleaje de las montañas, con sus sombras y claros, y rayos filtrados de las nubes oscuras, difundía una serena calma.

Por Pascua fueron al baile campestre de las criadas, donde se hartaron de bailar. Encontraron allí a Juanito y Pachico, de quienes se despidieron.

—¡Quién sabe si algún día os podré servir! —les dijo Ignacio.

—¡Divertirse! —exclamó Pachico al despedirles.

Cuando uno de aquellos días oyó Ignacio decir, al entrar en la villa Lagunero con su zamarra: ¡aquí tenemos al nuevo Zurbano!, le miró, sonriendo de compasión en su corazón.


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