Paz en la guerra
Paz en la guerra Roto el hielo, llegaron las explicaciones, y acudió el tío Pascual a confirmar la voluntad de padre e hijo, y preparar a éste. Porque una campaña como la que iba a emprender era algo serio, grave, solemne.
Cuando supo Josefa lgnacia la resolución adoptada, aceptóla con la misma resignación con que aceptara allá, cuarenta años hacía, la de su entonces novio Pedro Antonio. Sacó del seno, y dio a su hijo, un «deténte, bala», que, a ocultas de todos, le había bordado.
—En cuanto pase Semana Santa y Pascuas, te irás —le elijo el padre.
Aquella noche apenas durmió Ignacio. Ahora, ahora era verdadero voluntario de la cruzada; ahora sentía el coronamiento de su vida, y que se le abría un mundo. Soñó extraños sucesos en que andaban mezclados Carlomagno, Oliveros de Castilla, Artús de Algarbe, el Cid, Zumalacárregui y Cabrera, bajando todos por espesos helechales de la montaña.
Los días de Semana Santa pasáronlos Ignacio y Juan José recorriendo las montañas, contemplando el lunes de pasión, desde el alto de Santa Marina, al grueso de las fuerzas carlistas, a legua y media de Bilbao, viendo agitarse como un hormiguero a la muchedumbre, llenos de comezón de bajar a unirse con ella.