Paz en la guerra
Paz en la guerra Menudeaba Pedro Antonio los cabildeos y encerronas con su primo el cura; vio Ignacio una vez que su madre se enjugaba los ojos. Hacía algún tiempo que el muchacho estaba fuera del escritorio, sin hacer cosa de provecho. El padre hablaba mucho de la guerra, de la lenta organización de las fuerzas; más que nunca evocaba sus recuerdos de gloria militar. Con frecuentes insinuaciones veladas, buscaba el que brotara de Ignacio la iniciativa, mientras éste esperaba la anhelada indicación paterna. Y así llegó día en que, sin haber pronunciado palabra concreta ninguno de ellos, resultó como un acuerdo tácito, natural, brotado espontáneamente de la vida de la familia.
Buscaba Pedro Antonio ocasión de hallarse a solas con su hijo, y a la vez la rehuía. Encontróla alguna vez, mas diciéndose: todavía no, es pronto, difería la explicación. Y aconteció, por fin, una mañana, que hallándose Gambelu en la tienda, a punto que entraba Ignacio, dijo a éste:
—¿Qué es eso?, ¿piensas estarte así, hecho un vago? ¡Ea!, debes ser hijo de tu padre... ¡Al campo!, ¡al campo!
Y a un tiempo mismo respondieron; el hijo: «Por mí...»; y el padre: «No he de ser yo quien le quite la voluntad...»