Paz en la guerra
Paz en la guerra Llamaban a su lado a los soldados de la nación, de Isabel primero, de Amadeo después, de la república entonces, de España nunca. Bastaba de guerras civiles; todos serían vencedores. El Rey abría los brazos a todos los españoles, respetarla los derechos todos adquiridos, echaría un velo sobre lo cubierto por el Concordato, acogería a los sapos hinchados en la inmunda laguna de la amortización para aprovechar sus hinchazones. ¡Guerra!, las cenizas de sus mayores iban a pelear a su lado, ¡a las armas!, ¡guerra a los herejes y filibusteros!, ¡guerra a los ladrones y asesinos!, ¡abajo lo existente!, ¡Santiago y cierra, España, y a ellos, que son peores que moros! ¡Vivan los fueros vascongados, aragoneses y catalanes! ¡Vivan las franquicias de Castilla! ¡Viva la libertad bien entendida! ¡Viva el Rey! ¡Viva España! ¡Viva Dios!
Y el monte tan sereno, tan inmutable y tan silencioso, sosteniendo a las pobres ovejas que pacían en sus faldas, nutriendo los arroyos que bajaban murmurando por entre piedras.
Todo ese tumulto retórico, que brotaba de las proclamas, iba a encender la fantasía de Ignacio y la de Juan José, quienes, después de leerlas, tendían la vista por las cimas silenciosas, esperando verlas coronadas por los cruzados.
Don José María perseguía, entre tanto, el programa definido.