Paz en la guerra
Paz en la guerra Empezó para Ignacio un perÃodo de marchas y contramarchas, de caminatas forzadas por las fragosidades de los montes, faena de estropear al más duro, y todo ello nada más que para sacar raciones e ir sosteniéndose. Nieve de primavera cubrÃa los montes; el aire sutil les cortaba el rostro. Caminaban ya por encañadas sombrÃas, en cuyo fondo susurraba el rÃo entre fronda, penetrados de humedad; ya trasponiendo la encañada, se abrÃa a su vista una vega, o unas montañas lejanas cuyo cielo hacÃa presentir el mar; a las veces en el oscuro panorama, sombreado por nubarrones, un verde oasis bañado en la luz que llovÃa de un desgarrón de la oscura cobertura. Caminaban a menudo bajo una lluvia terca y fina, lenta como el hastÃo, que les calaba los huesos y el alma, difuminando el paisaje, que parecÃa entonces derretirse. Caminaban silenciosos de ordinario. Viendo humear las caserÃas y a los aldeanos trabajar su terruño, en la paz del campo, olvidábanse de que iban de guerra. ¿Guerra en el silencio del campo?, ¿guerra en la paz de las arboledas? Brindábanles éstas, con su sombra de paz, descanso; y en ellas se tendÃan a las veces, entre los troncos que cual columnas de un templo rústico sostenÃan la bóveda de follaje, por donde se cernÃa dulcificada la luz del sol.