Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Conocía ahora de nuevo a los voluntarios, viéndolos con otros ojos, pues así que se encontró entre sus compañeros de facción, sintió como ellos; al juntarse hombres armados en son de guerra, miran como de otra casta, cual a servidores suyos, a los pacíficos trabajadores. Al llegar a una casería donde había de hacer alto o noche, gritaba con voz resuelta y de mando: ¡ama!, esto es, madre, a la vez que patrona. Y reuníanse luego como en país conquistado en la gran cocina, en torno al fuego del hogar, a secarse. La familia se les unía, y los niños se apartaban silenciosos a un rincón, a escudriñar desde allí a los extraños visitantes. Y algunos los llamaban y animaban, preguntándoles sus nombres, dándoles los fusiles para que jugaran con ellos, llenos hacia los inocentes de una ternura que nunca habían sentido con tanta fuerza. Ignacio más de una vez los sentó en sus rodillas dirigiéndoles las pocas preguntas que sabía hacer en vascuence, y mirándose en aquellas miradas ya serenas, ya tímidas y avergonzadas.

Los primeros días estaban él y Juan José irritados porque no se pensaba en armarlos, mas una vez ya con el chopo al hombro..., ¡qué pesado! Echábanselo ya a un lado, ya a otro, sin saber en cuál llevarlo mientras Celestino lucía su espada.


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