Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Tuvo Ignacio que hacer la colada de su ropa, y mientras retorcía la camisa lavada en el agua frigidísima, miraba los galones de Celestino, a quien hacía la colada un asistente.

—Acaba de proclamarse la república, y ahora que debíamos cobrar fuerzas es cuando desmayamos —decía el abogadito armado.

Ignacio no podía soportar la vista de aquellos galones, ni aquella espada desnuda, como lengua ociosa. Junto al fusil oliente a pólvora, junto al fusil que estalla con fuego y ruido, y mata a distancia, ¿era más que un juguete aquel espadín?,¿era más que el símbolo de una autoridad jactanciosa? Disgustado a la vez de aquellos compañeros, sus antiguos amigos, los bullangueros de la calle, decidió incorporarse a otro batallón, a aquel a que correspondía la aldea de su padre. Obtenida licencia emprendió la marcha con otro, solos y libres los dos por el monte. En Urquiola toparon al batallón de Durango, cien hombres perfectamente armados de rémington.

Ibanse levantando el ánimo; se hablaba de una victoria obtenida en Eraul, pueblo de Navarra, de una decisiva carga de caballería, de un cañón cogido al enemigo, echábanse por ello al vuelo las campanas. E Ignacio, agregado al batallón de Durango hasta que encontrara el de su destino, iba rendido de pueblo en pueblo.


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