Paz en la guerra

Paz en la guerra

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¿Había sido aquello combate guerrero? Empezó a creerlo al ver heridos, y que lo decían sus compañeros, comentando la acción, y regateando a los castellanos el mérito de haber tomado la ermita. Cada cual contaba una hazaña o un detalle, e Ignacio sentía la clara conciencia de haberlo presenciado. Y poco a poco iba construyendo la imagen de la acción, incorporando en sus vaguísimas impresiones los detalles oídos, evocando gritos, posturas de combatientes que caen, gestos supremos.

Para la noche había hecho recuerdo propio la leyenda que brotó de la masa, si bien a solas y a oscuras, en el retiro, escurríasele todo, dejándole una impresión de sueño vano.

El sólo recordaba, como de recuerdo vivo y propio, la marcha por los argomales, el estorbo de la maleza al andar y aquellos soldados que se retiraban apuntando.

Y volvieron a las marchas y contramarchas, a recorrer montes y encañadas, siempre los mismos aunque fueran otros, a la vida enojosa y fatigante de campaña, mientras se decía que la insurrección tomaba cuerpo.

A principios de agosto iban a Zornoza a buscar al Rey, que se dirigía a Guernica.

Crecía por momentos la marejada rumorosa del gentío y la turba de chiquillos, entre ellos algunas mujeres que corrían delante de la escolta, y surgía de la masa un ¡viva! repetido, compacto.


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