Paz en la guerra
Paz en la guerra Apareció la figura del Rey, un hombrachón luciendo su corpacho sobre un hermoso semental blanco, en traje empolvado de campaña, cubierto de una gran boina blanca con borla de oro, y rodeado de generales.
Al pasar junto al batallón de Ignacio se detuvo, preguntando si eran los de Lamíndano.
Una mujer murmuraba al oído de otra:
—¡Qué guapo!, ¡pero qué arlote viene, qué derrotado!
Y ¡qué bien montaba! Aquello era un rey, en cuyo torno se arremolinaba el pueblo, loco de entusiasmo. ¡El Rey! Rodeábanle del invisible nimbo que brilla en torno a esta vieja palabra misteriosa ¡Rey!; los niños encontraban al héroe de mil cuentos, los ancianos al foco de mil recuerdos. Y ebrios todos con las voces, con los vivas, con los remolinos de las gentes, miraban a aquel hombrachón sobre el pedestal de su caballo.
Fue el batallón escoltándole hasta Guernica, y en todo el camino, en lo alto del monte, en la encañada sombría, en la anchurosa vega, bajaban los caseros de sus diseminados hogares, acudían los chiquillos a la carretera, iban los veteranos de los siete años a ver al nieto de Carlos V, y las mujeres llevaban a sus pequeñuelos en brazos.