Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Ante la vista se abría la placidez de la vega de Guernica, ancho lago de verde mosaico donde cabrilleaba el maíz, la villa recostada al pie del Cosnoaga, junto a un macizo de árboles, los peñascos costeros, enhiestos y desnudos, repujados en el cielo, y a la derecha la gravedad del desnudo Oiz, cuyo gigante espinazo se bañaba en luz. La Naturaleza recibía indiferente al Rey, sin un gesto, sin un saludo.

La villa entera salió a su encuentro. Algunas viejas lloraban, algunas madres alzaban a sus pequeñuelos para que le vieran, y otras, llevándolos en brazos. Forcejeaban entre la muchedumbre, mientras ellos lloraban; peleábase la gente por besarle la mano, el pie, lo que pudieran alcanzar, y hubo mujer que, a falta de otra cosa, besó la cola del caballo que le servía de pedestal. Una vieja se santiguó con los dos dedos con que le hubo tocado antes, otra le tocó con un panecillo, guardándoselo luego con avaro cuidado. Los chiquillos se escurrían por entre las piernas de los mayores, o se subían a los árboles, y de toda aquella multitud brotaba un prolongado viva, fijos los ojos y anhelantes los lechos.

—¿Qué es un rey? —preguntaba un niño.

Y le contestaron:

—El que manda más que todos.

—¡Viva el salvador de la humanidad! —gritó una voz.


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