Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Al recorrer Ignacio con la vista la apiñada muchedumbre, tropezaron sus ojos con los bovinos de la rubia aldeana, que después de saludarle echando hacia atrás la cabeza con airoso meneo, se volvió a mirar al Rey. Vio a Domingo el casero, que dejando su labor, había acudido también y miraba con aire recogido.

—¡Qué guapo!, ¡qué guapo! —decían viejas y jóvenes.

Una señorita le victoreaba desesperada, dando grandes voces, agitando los brazos, con los ojos chispeantes y las mejillas encendidas, fuera de sí, arrastrando consigo a sus compañeras.

—Si en vez de llamarse Carlos, y ser hombre robusto y guapo, llega a llamarse Hipólito y es contrahecho, ¡adiós causa de la legitimidad! —dijo junto a Ignacio una voz baja que le hizo estremecerse. Era Pachico, sin duda alguna. Volvió vivamente Ignacio la cabeza, pero no pudo verle.

¡Qué bien le darían el manto y la corona! ¡Aquello era un rey, aquello!

—¡Viva el Señor de Vizcaya! —gritó una voz estentórea, elevándose sobre los vivas al Rey.

Ignacio llegó junto a la iglesia juradera, donde se alza el árbol.

—Va a jurar los fueros —decía la gente.

—No, por ahora no —explicaba uno—, va a prometer que los jurara así que se siente en el trono.


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