Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Cuando don Carlos llegó junto al árbol, oró ante el templete que aquél cobija, se puso luego en pie, y se siguió un silencio. Ignacio sólo oyó entre el silencio del pueblo palabras sueltas, «mi corazón..., Dios..., impiedad y despotismo..., mi querida España..., nobles y honrados vizcaínos..., heroico y leal suelo..., venerando árbol, símbolo de libertad cristiana..., os prometo..., mis augustos antepasados...» Siguieron unos vivas resonantes.

Al retirarse aquella noche, presentáronsele a Ignacio Gambelu y la madre. Cogióle ésta, le besó apretándole contra su pecho, y tanteándole el cuerpo le decía:

—¿No tienes nada?, ¿no te falta nada?, ¿te han hecho algo?

Hablaron después del Rey. Traíale su madre recuerdo dulce de Bilbao, parecía venir envuelta en la atmósfera oscura y húmeda de la chocolatería paterna.

—Tu padre quiere que dejemos la tienda, y nos vengamos por acá, más cerca de ti. Dice que no se puede resistir ya allí. ¡Jesús, Jesús! ¿Cuándo acabará esto? ¡Esos negros tienen el alma de peñasco, saben que no han de poder, y nada!, darnos qué sentir.

Ella se había decidido a ir a verle con Gambelu, ¡al cabo de tanto tiempo! ¡Y además vería al Rey..., el Rey!, ¡arrogante figura!, ¡aquello era un rey, aquello! El ansia de conocer al Rey habíase fundido, para atraerla, con el deseo de ver al hijo.


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