Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Don Miguel se reía como un chiquillo, viendo a los fingidos chimberos apuntar a los desnudos árboles, sin un pajarillo entonces, y a los niños reír de la comedia; recreábase en el chirchir del aceite y en el olorcillo de la merluza al freírse en él; estuvo a punto de tomar parte en el juego de bolos, hecho con tablones de la «Batería de la Muerte»; y siguió a los gigantones, confundido con los chiquillos, sintiendo que se le subía por dentro el alma de niño, el alma de cuando seguía a aquellos gigantones mismos, a distancia, mientras sus compañeros de juego corrían delante de ellos. Volviendo a su niñez, parecía envolverse en el ambiente, como en placenta de su espíritu, tornando a hallar la fresca verdura de cada cosa; sentíase renovar mientras iba animándose la romería. Entraba en ésta desde la villa, una carretela tirada por caballos encascabelados y encampanillados, llena de jóvenes adornados de dalias, jóvenes que hacían resonar el paseo con sus relinchidos. Así, así le gustaba el campo, pequeñito y recogido, al arrimo de las taciturnas calles.






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