Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Ganado por la expansión ambiente, quedóse a comer en las Acacias, al aire libre, en mesa de bullicio, donde se hablaba de la paz y de la guerra, de la facción y de los condenados cantonales, que distraían al ejército. Recordábanse las pasadas romerías de San Miguel, en la frescura del valle de Basauri, de entre cuyos árboles sale el humo de los hornillos, el chirchir de las fritangas y el rasgueo de las guitarras. Don Miguel comía y callaba, pensando que no eran aquellas otras romerías tan recogidas, tan intensas, tan de hogar colectivo, tan de familia; sentíase encantado de la conversación, y de los gritos y pregones: ¡cigarros!, ¡agua fresca, quién quiereeee...!, ¡churros, churros calientes! Sentía cada vez más calor, más confundidas cada vez las voces de la romería en una sola, más resonante el aire. Al oír que iba a hacer el aurresku la primera compañía, corrió a verlo con la servilleta al cuello, sintiéndose otro, retozándole los pies, con ganas de romper aquella su eterna vergüenza y de decir a gritos sus secretos, los secretos de aquellas conversaciones íntimas de sus horas de soledad.

Como una audacia, casi en son de desafío, llevaba su servilleta al cuello; afrontaba ya el ridículo.



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