Paz en la guerra
Paz en la guerra Al arrimarse al corro del aurresku, el corazón le dio un vuelco; Enrique lo bailaba delante de Rafaela, que miraba al suelo golpeado por los pies del danzante. Y luego siguió el tÃo con la vista a su sobrina, en el revuelto enredijo del baile, cara a cara de su cortejo, allà juntitos. Y ella, al tropezar en una vuelta con los ojos de su tÃo, sintióse desfallecer, mientras don Miguel sentÃa la rompiente de la sangre en la cabeza, y los latidos del alma que se le querÃa echar fuera. Fuese a otro corro y bailó como un desesperado, afrontando el ridÃculo, a su parecer.
—Bravo, Miguel, alguna vez que te veo razonable —le dijo uno de sus amigos, mientras él, sonriendo, acentuaba el bailoteo.
—Anda, Michel, anda, dale de firme, que esta vida es un fandango y el que no lo baila un tonto.
Celebraban lo desmañado de sus ademanes, la torpeza con que llevaba el compás, mientras sentÃa él renovarse a medida que se abandonaba al baile, embriagado en éste. Era como si derritiéndosele el caparazón que le ahogaba el alma, brotara de ésta la frescura de su niñez.